Diario de traducción

Cuaderno de campo

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Pez Babel

– ¿Qué está haciendo ese pez en mi oído?
– Traduce para ti. Es un pez Babel. Míralo en el libro, si quieres.

[…]

– El pez Babel –dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico– es pequeño,
amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada de la   combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto, es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualquier lenguaje.
Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.

Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1991

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Mi primer portátil

Hoy, @bernawang me ha recordado un Trujamán que escribí hace dos años, que se puede encontrar aquí y que, como es cortito, añado al final de esta entrada. Trataba de cómo el paso del tiempo había cambiado nuestra forma de trabajar y nuestra relación física con lo que traducíamos.

Al leerlo otra vez, da pavor ver lo que han cambiado las cosas desde 2010 (yo me quedé en el iPad, pero en aquel momento no pasaba de ser un juguete). Desde entonces, habría que añadir, al menos, los teléfonos móviles inteligentes (con centenares de apps totalmente mágicas), que han dado un vuelco a las relaciones entre nosotros, internet, la informática y las cosas. Por no hablar del acceso abierto a la literatura científica, del imparable proceso de digitalización y de los lectores de libros electrónicos, que han trastocado las relaciones entre analógico y digital.

El otro efecto que ha tenido la exhumación es lanzarme a buscar una foto de mi primer portátil, supongo que en un ataque de añoranza aguda.

Y aquí está el bicho: IBM Portable PC 5155. Mi segundo ordenador (el anterior era un AT) traía dos innovaciones fundamentales: el monitor naranja, en lugar del fósforo verde (una alegría para los ojos) y la segunda disquetera: en una estaba el programa y en otra, los documentos. Sin disco duro, por supuesto, no disfrutaría de un disco duro hasta mi tercer ordenador.

Y uno de los míticos teclados IBM. Nunca he vuelto a tener otro igual. Es la razón de que acumule en mi casa más de diez teclados que no me atrevo a tirar porque están sin usar, pero que arrumbo detrás de un armario porque no me devuelven aquel tacto.

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Pasa la vida

…la Lettera 22, las holandesas, el atril, el papel carbón, la IBM de bola, el típex, las fotocopias, el Commodore 64, la valiosísima colección de catálogos caducados, Amiga 500, las visitas a la farmacia para mirar el Vademécum, el María Moliner en dos tomos, los paseos en metro, 64 K de memoria RAM, la Casa del Libro, las pantallas de fósforo verde, el teclado mecánico, el Código Civil, el contestador automático, la impresora matricial, el floppy, la mesita de los diccionarios, el papel continuo, el atlas, el Amstrad PCW (y Locoscript), A:\>, los mensajeros, PC XT, las fichas en cajoncitos de madera de la Biblioteca Nacional, Word Perfect, los disquetes (12 disquetes para instalar Word), autoexec.bat, Apple II, command.com, las visitas al taller mecánico para saber cómo se llama una pieza, la guía de teléfonos, más diccionarios, MS DOS, las visitas a la ferretería para enseñarles la foto de un tornillo (a ver si hay suerte…), Amstrad PC 1512 (compatible IBM, 250.000 pesetas), el Libro de Estilo de El País, Courier 12, los macros, el virus de la pilota, Claris, más fotocopias (bastante descoloridas), C:\> (20 interminables Mb), el puerto paralelo y el puerto serie, la enciclopedia Larousse, Windows 3.1.1, el ratón (ese artefacto sin futuro…), aparcar las cabezas del disco duro, el módem (priiii, pruiit, gr, grrrrrr, pip, pip, pip), el Tetris, Compuserve, el SIMO, Mosaic, Gopher, el fax (y el papel térmico), el Duden, Telnet, la ruedecita del ratón, Netscape Navigator, Winfax, Infovía, el correo electrónico, ☺, el CD-ROM, Eurodicautom, el virus Melissa, la impresora láser, las temibles pantallas azules, el DUE en CD, el escáner, Traducción en España, Google, 404 not found, las memorias de traducción (la mochila de Trados), el efecto 2000, la banda ancha, el móvil, el SPAM, el reconocimiento de voz, la wifi, el portátil, Amazon, el DVD, Wikipedia, el USB, la traducción automática, 3G, Skype, la Blackberry, el Ipad, Worldcat, Twitter…

Y un texto. Un traductor. Una traducción.

Alicia Martorell

El curioso incidente de Jonás, el ricino y la calabaza

Acabo de tropezar yo solita con lo que es al parecer una de las historias más famosas de la historia de la traducción, que me ha procurado una tarde inolvidable.

Dramatis personae: San Jerónimo y setenta comparsas, el papa Dámaso I, San Agustín, Lutero, Arias Montano… y García Yebra.

En un un texto que estoy traduciendo, se habla de Jonás descansando bajo una calabaza (coloquinte) que le protege del sol. Lo primero que pienso es «¡Ja!, a la sombra de una calabaza… Pues si que le va a proteger mucho». Y me abalanzo sobre la Biblia más cercana, que es la Biblia de Jerusalén.

Compruebo llena de asombro que la planta de calabaza se ha convertido en un ricino. Con los ojos como platos, cotejo otras traducciones (Cantera y Nácar-Colunga) y allí sigue el ricino. Refunfuño un rato («¡Estos traductores, no dan una!»). Nota al cliente diciendo que las biblias españolas hablan de ricino y me quedo tan pancha.

Jonás bajo el árbolUn rato después de entregar la traducción, sigo dándole vueltas: es que me parece bastante rarito que una calabaza se convierta en ricino (en carroza, vaya y pase…). Miro en el Corán: una calabaza. Busco imágenes: más calabazas (que no protegen mucho del sol, la verdad y además amenazan la integridad física del profeta). Vuelvo a comprobar mis biblias: ricinos por todas partes. Excepto en la de Casiodoro de la Reina, que tiene «calabaceras». Por ahí tenía que haber empezado.

Empiezo a buscar explicaciones alucinatorias, basadas en el supuesto poder purgante de ambas plantas. Cotejo los nombres latinos veinte veces sin encontrar ninguna coincidencia. Hasta que, harta de dar vueltas, me decido a hacer lo obvio, lo primero que tendría que haber hecho si no estuviera obnubilada con la rareza del caso: una búsqueda con Jonás – ricino – calabaza.

La explicación, en este amenísimo artículo de García Yebra, publicado en ABC hace veinticinco años.

Hay que ver, qué trabajo tan divertido tenemos. Y lo más gracioso es que las discusiones entre San Agustín y San Jerónimo no debieron de ser muy diferentes de las que disfrutamos regularmente en una conocida lista de traductores.

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