Diario de traducción

Cuaderno de campo

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Ya era hora

Francamente, estoy acostumbrada a traducir textos que probablemente no le importen a nadie. Estoy acostumbrada a clientes que no saben responder a mis preguntas. Me las arreglo sola, como si los clientes solo existieran para enviar y recibir. Para no quedarme estancada tengo que recurrir muchas veces a mi vergüenza torera, porque no puedo decir que mis clientes me presionen.

Este último año he encontrado un cliente con el que puedo darle vueltas a los textos hasta la saciedad con todos los asesores , imágenes y material complementario necesarios.

Sistemáticamente, me devuelven los textos con las correcciones y discutimos una por una con el maravilloso jefe de proyecto hasta que todo el mundo queda satisfecho, incluida yo.

Cuando tengo la más mínima duda, solo tengo que preguntar y, en función de la respuesta, estudiamos las distintas opciones para que no quede ninguna ambigüedad y para que la sintaxis y el vocabulario se ajusten al público que va a leer los textos.

El otro día, el redactor reformuló su texto porque los traductores habían despejado algunas ambigüedades y esas mejoras se podían repercutir sobre el original.

No tengo palabras para expresar lo feliz que me hace trabajar así.

Eso sí, no hay atajos ni prisas que valgan: más me vale entregar un texto bien atado, porque tendré que justificar hasta la última coma. Si dejo el más mínimo problema sin resolver, seguro que volverá como un boomerang, pero todo se hace sin presión, con la seguridad de que cualquier texto es susceptible de mejora y de que el trabajo del traductor solo es una parte del engranaje. Estoy aprendiendo más en este último año que en toda mi vida.

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