Diario de traducción

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La verdad y los libros

File:El Ateneo Bookstore.jpg

Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

–De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

Umberto Eco, El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Barcelona, Lumen, 1982, pp. 49-50.

(Imagen: Librería El Ateneo, Buenos Aires)

Antes de OneNote :-)

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Esta página corresponde al cuaderno de documentación de Historia de la violación, de Georges Vigarello, publicada por Cátedra en 1999. Lo estuve traduciendo a lo largo de 1998.

En el mismo cuaderno, había:

  • Unos apuntes sobre derecho del Antiguo Régimen en Francia, especialmente vocabulario sobre jueces, tribunales y auxiliares de la justicia (en francés). Sin fuente.
  • Una lista de 20 palabras (procedente quizá de una lluvia de ideas, de algún texto o de un diccionario de sinónimos) pertenecientes al campo semántico de la violación.
  • Unos apuntes sobre tipos de penas, tomados del código penal español, supongo.
  • Una lista de unas 100 palabras y expresiones extraídas de Adulterio, sexo y violencia en la Castilla Medieval, de Ricardo Córdoba de la Llave (Madrid: UNED, 1994).
  • Una lista en castellano de nombres de oficios (unos 40), sin fuente.
  • Una página de apuntes tomados de El proceso de Macanaz, de Carmen Martín Gaite (en general, vocabulario procesal).
  • Una lista de dos páginas de equivalencias francés-español.
  • Una bibliografía de tres páginas, en la que se incluyen todos los libros aquí citados. No me acuerdo de si los consulté todos, pero supongo que no.
  • Una lista de vocabulario procesal tomado de ley española de Enjuiciamiento Criminal (unos 80 términos).
  • Páginas sueltas (y bastante desordenadas) de apuntes sobre diversos temas y procedentes de diversas fuente en español o francés, como la página que se reproduce aquí.
  • Una página con bibliografía y notas de lectura sobre medicina forense.

En total, unas cincuenta páginas A5.

Una mañana en la Biblioteca Nacional

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Fue en 2000 y estaba traduciendo Por una historia cultural del arte moderno: de David a Cézanne, de Pierre Daix (curioso: tanto esfuerzo y resulta que en la ficha de Dialnet el libro se ha traducido solo…).

Me acuerdo perfectamente de que estaba buscando algunos de los textos que aparecen en los grabados de Goya, en su versión española original, y también algunas citas de cartas. Están hasta las signaturas. Los encontré todos gracias a la rigurosísima edición de Ángel Canellas de los documentos que Goya dejó a su muerte, cuya referencia manuscrita se puede ver en la imagen, que ahora mismo ya es posible  consultar moviendo solo un dedo aquí, gracias a la Institución Fernando el Católico de Zaragoza, que tiene un fondo riquísimo de publicaciones digitales relacionadas con temas aragoneses.

Así cambia el mundo…

Ahora, viendo las signaturas, empiezo a dudar de si estaba en la Biblioteca Nacional o en Medinaceli, en la antigua Biblioteca de Humanidades del CSIC, que ya no existe como tal.

Biblias

Tengo una Biblia nueva para mi colección: se trata de la traducción Cantera-Iglesias de la Biblioteca de Autores Cristianos y publicada en los años setenta.

Ya ocupa su lugar junto a la Biblia de Oso, de Casiodoro de la Reina, en su versión completa de Alfaguara, traducción del siglo XVI en la que se basan las biblias protestantes posteriores (y también la más literaria y personal), la Biblia de Jerusalén, la más filológica y  mi favorita cuando se trata de textos filosóficos, y la inefable Nácar-Colunga, de los años cuarenta, la que prefiero cuando se trata de dar «color local» y la favorita del nacionalcatolicismo.

Y diréis que para qué quiere una descreída tantas biblias. Pues es que cuando me encuentro una cita (y es algo que me ocurre con mucha frecuencia) me gusta elegir con cuidado la traducción que voy a utilizar en castellano, para que encaje como un guante con mi texto.

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