Diario de traducción

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El curioso incidente de Jonás, el ricino y la calabaza

Acabo de tropezar yo solita con lo que es al parecer una de las historias más famosas de la historia de la traducción, que me ha procurado una tarde inolvidable.

Dramatis personae: San Jerónimo y setenta comparsas, el papa Dámaso I, San Agustín, Lutero, Arias Montano… y García Yebra.

En un un texto que estoy traduciendo, se habla de Jonás descansando bajo una calabaza (coloquinte) que le protege del sol. Lo primero que pienso es «¡Ja!, a la sombra de una calabaza… Pues si que le va a proteger mucho». Y me abalanzo sobre la Biblia más cercana, que es la Biblia de Jerusalén.

Compruebo llena de asombro que la planta de calabaza se ha convertido en un ricino. Con los ojos como platos, cotejo otras traducciones (Cantera y Nácar-Colunga) y allí sigue el ricino. Refunfuño un rato («¡Estos traductores, no dan una!»). Nota al cliente diciendo que las biblias españolas hablan de ricino y me quedo tan pancha.

Jonás bajo el árbolUn rato después de entregar la traducción, sigo dándole vueltas: es que me parece bastante rarito que una calabaza se convierta en ricino (en carroza, vaya y pase…). Miro en el Corán: una calabaza. Busco imágenes: más calabazas (que no protegen mucho del sol, la verdad y además amenazan la integridad física del profeta). Vuelvo a comprobar mis biblias: ricinos por todas partes. Excepto en la de Casiodoro de la Reina, que tiene «calabaceras». Por ahí tenía que haber empezado.

Empiezo a buscar explicaciones alucinatorias, basadas en el supuesto poder purgante de ambas plantas. Cotejo los nombres latinos veinte veces sin encontrar ninguna coincidencia. Hasta que, harta de dar vueltas, me decido a hacer lo obvio, lo primero que tendría que haber hecho si no estuviera obnubilada con la rareza del caso: una búsqueda con Jonás – ricino – calabaza.

La explicación, en este amenísimo artículo de García Yebra, publicado en ABC hace veinticinco años.

Hay que ver, qué trabajo tan divertido tenemos. Y lo más gracioso es que las discusiones entre San Agustín y San Jerónimo no debieron de ser muy diferentes de las que disfrutamos regularmente en una conocida lista de traductores.

Biblias

Tengo una Biblia nueva para mi colección: se trata de la traducción Cantera-Iglesias de la Biblioteca de Autores Cristianos y publicada en los años setenta.

Ya ocupa su lugar junto a la Biblia de Oso, de Casiodoro de la Reina, en su versión completa de Alfaguara, traducción del siglo XVI en la que se basan las biblias protestantes posteriores (y también la más literaria y personal), la Biblia de Jerusalén, la más filológica y  mi favorita cuando se trata de textos filosóficos, y la inefable Nácar-Colunga, de los años cuarenta, la que prefiero cuando se trata de dar «color local» y la favorita del nacionalcatolicismo.

Y diréis que para qué quiere una descreída tantas biblias. Pues es que cuando me encuentro una cita (y es algo que me ocurre con mucha frecuencia) me gusta elegir con cuidado la traducción que voy a utilizar en castellano, para que encaje como un guante con mi texto.

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