Diario de traducción

Cuaderno de campo

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La verdad y los libros

File:El Ateneo Bookstore.jpg

Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

–De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

Umberto Eco, El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Barcelona, Lumen, 1982, pp. 49-50.

(Imagen: Librería El Ateneo, Buenos Aires)

Pez Babel

– ¿Qué está haciendo ese pez en mi oído?
– Traduce para ti. Es un pez Babel. Míralo en el libro, si quieres.

[…]

– El pez Babel –dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico– es pequeño,
amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada de la   combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto, es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualquier lenguaje.
Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.

Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1991

La lengua de los derechos, algunas citas

En el corto y preciso texto de la Declaración [de derechos de 1789] aparecen ya las palabras clave del nuevo sistema político: «derechos», «derecho», «ley», «libertad», «poder », etc. Como se ha dicho certeramente, «al definir el súbdito como ciudadano y al declarar con ello una finalidad, la conquista de la libertad, los diputados instauran la expresividad revolucionaria de los derechos» (pág. 32).

Frente a ese estilo «legicida», que mataba el sentido de las leyes nuevas imbuidas de libertad, el propio Mirabeau invitaba a que estas leyes nuevas se redactasen de forma «inteligible, para poner de acuerdo a los ciudadanos ilustrados sobre sus derechos, vinculándolos a todo lo que puede recordarles las sensaciones que han servicio para hacer surgir la libertad». Es manifiesto, pues, que frente a la oscuridad y torpeza de las antiguas leyes opresoras, una nueva lengua de los derechos y de la libertad se presenta como una de las tareas revolucionarias más caracterizadas (pág. 35).

La lengua de los derechos debe explicarse, pues, no como una simple aparición de nuevos términos, en un plano estrictamente técnico de análisis léxico o sintáctico, sino como la expresión de un nuevo discurso jurídico que ofrece un nuevo modelo de relación entre los hombres. Las palabras deben insertarse en el sistema que intentan expresar, ese «aura de sistema» que es consustancial al Derecho como un todo, sin lo cual su simple comprensión sería imposible. (pág. 37)

Eduardo García de Enterría, La lengua de los derechos. La formación del Derecho Público europeo tras la Revolución Francesa, Madrid, 1994, Alianza Editorial.

La pureza de la lengua

La idea de la selección natural no se puede aplicar a las lenguas. No hay nada intrínsecamente mejor en las lenguas dominantes, las que sobreviven en detrimento de las más débiles. La dinámica de las lenguas vehiculares confirma no obstante la idea de que las especies híbridas son las más resistentes. Las grandes lenguas vehiculares están muy expuestas al mestizaje, producen pidgines con facilidad, es decir, idiomas de comunicación, híbridos, simplificados, estrictamente utilitarios y desprovistos de locutores nativos. Lo más interesante es que las grandes lenguas vehiculares ya suelen ser mestizas antes de asumir esta función. Es el caso del inglés y del suajili. El inglés procede de un dialecto germánico con aportaciones románicas importantes; actualmente es el primer idioma vehicular del mundo y lo hablan más locutores no nativos que nativos. El suajili es un idioma bantú reforzado con aproximadamente un treinta por ciento de préstamos del árabe, así como del inglés y del alemán; actualmente es una de las grandes lenguas vehiculares de África, hablada desde Kenia hasta Mozambique. Uno y otro idioma están generando ahora mismo variedades pìdginizadas, es decir, nuevos mestizajes.

Marina Yaguello, Catalogue des idées reçues sur la langue, París, Seuil 1988, pág. 58 (la traducción es mía).

Quien no inventa, se resigna

¿En qué estriba el problema de la terminología? Apuntado queda, me parece: quien inventa, designa, quien no inventa, se resigna. Es decir, quien no investiga ni produce nuevos conceptos, nuevos aparatos, nuevas formas de resolver problemas o de hacer más llevadera la vida diaria, no puede pretender dar nombre original a cada uno de los productos que invaden los mercados e influyen en nuestro diario vivir. Sin embargo, sí le está reservada la potestad (¡triste consuelo!) de adaptar esos nombres a sus peculiaridades lingüísticas y, una vez adaptados, de aplicarlos unívocamente a una sola cosa, a un solo concepto, a un solo procedimiento u objeto. Como corresponde a la terminología científica y técnica, que debe ser unívoca.

José Martínez de Sousa, Manual de edición y autoedición, Madrid, Pirámide 1994, pág. 13.

Después de la traducción

Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.

Con el paso del tiempo, en los relatos de Marco las palabras fueron sustituyendo los objetos y los gestos: primero exclamaciones, nombres aislados, verbos a secas, después giros de frase, discursos ramificados y frondosos, metáforas y tropos. El extranjero había aprendido a hablar la lengua del emperador, o el emperador a entender la lengua del extranjero.

Pero se hubiera dicho que la comunicación entre ellos era menos feliz que antes; es cierto que las palabras servían mejor que los objetos y los gestos para catalogar las cosas más importantes de cada provincia y ciudad: monumentos, mercados, trajes, fauna y flora; sin embargo, cuando Polo empezaba a decir cómo debía ser la vida en aquellos lugares, día por día, noche tras noche, le faltaban las palabras, y poco a poco volvía a recurrir a gestos, a muecas, a miradas.

Italo Calvino Las ciudades invisibles, traducción de Aurora Bernárdez, Barcelona, Minotauro, 1983, págs. 32 y 50.

Economía… medieval

Acabo de encontrar este texto preparando una traducción, lo que me parece motivo suficiente para traerlo aquí, además del estupor en que he caído desde que lo leí por primera vez.

Lo que publico aquí es una traducción mía hecha a partir de la traducción del árabe al francés cuya referencia se puede encontrar al pie.

El imperio y el sultanato forman el gran mercado de la nación, mercado del que se extrae todo lo que constituye la prosperidad pública. Así pues, si el sultán no tiene dinero, o si amasa tesoros y distrae los ingresos del Estado sin querer dar a estas sumas un uso adecuado, las personas de su entorno tendrán muy poco dinero para manejar; por lo tanto, no podrán entregárselo a sus servidores ni a los que dependan de ellos y todos se verán obligados a disminuir su gasto. Ahora bien, la muchedumbre que abarrota los mercados está formada, en gran medida, por estas personas y son ellas quienes, con sus compras, contribuyen más grandemente a la actividad comercial. Así pues, cuando dejan de gastar, el mercado languidece, los comerciantes ganan poco, a causa de la escasez de dinero, lo que lleva a una disminución en los ingresos procedentes de los impuestos. Efectivamente, lo que alimenta estos impuestos y las otras fuentes de ingresos públicos son las operaciones mercantiles y los esfuerzos de aquellos que trabajan pensando en obtener ganancia y beneficios. El daño causado por el estancamiento del comercio recae sobre el Estado, pues el sultán recibe menos dinero cuando las rentas vienen a disminuir. El imperio, ya lo hemos dicho, es el gran mercado, la fuente de todos los otros mercados, el que les proporciona el combustible de los gastos y los ingresos; si languidece y si el gasto se reduce, ello debe repercutir necesariamente y en el más alto grado en los mercados de rango inferior. Por otra parte, el dinero está hecho para pasar del sultán a sus súbditos y de los súbditos al sultán; si el sultán se queda con el dinero, sus súbditos carecerán de él.

Ibn Jaldún, filósofo tunecino de familia sevillana, siglo XIV, Les prolègomènes, trad. al francés de W. Mac Guckin de Slane.

Comprender y hablar

El problema de la cultura europea del futuro no está sin duda en el triunfo del poliglotismo total (quien supiera hablar todas las lenguas sería como el Funes el Memorioso de Borges, con la mente ocupada por infinitas imágenes), sino en una comunidad de personas que puedan captar el espíritu, el perfume, la atmósfera de un habla distinta. Una Europa de políglotas no es una Europa de personas que hablan con facilidad muchas lenguas, sino, en el mejor de los casos, de personas que pueden encontrarse hablando cada uno su propia lengua y entendiendo la del otro, que no sabrían hablar de manera fluida, pero que al entenderla, aunque fuera con dificultades, entenderían el «genio», el universo cultural que cada uno expresa cuando habla la lengua de sus antepasados y de su propia tradición.

Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta, traducción de María Pons, Barcelona, Crítica, 1993.

Bien y fielmente y con mucha brevedad

Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha

Traducción y diversidad

La Torre de Babel se alzó (mientras lo hizo) como prueba de nuestra creencia en la unidad del universo. De acuerdo con el relato bíblico, a la sombra creciente de Babel la humanidad habitaba un mundo carente de fronteras lingüísticas, creyendo tener tanto derecho al cielo como a la tierra. La Biblioteca de Alejandría se alzó (sobre un terreno más firme quizá que el de la Torre de Babel) para demostrar lo contrario: que el universo poseía una asombrosa variedad y que esa variedad encerraba un orden secreto. La Torre reflejaba nuestra intuición acerca de una divinidad continua, única, monolingüe, cuyas palabras pronunciaban todos desde la tierra hasta el cielo; la Biblioteca reflejaba la creencia de que cada libro compuesto por estas palabras constituía un cosmos complejo que, en su singularidad, suponía toda la creación.

     Alberto Manguel, La biblioteca de noche, traducción de Carmen Criado, Madrid, Alianza Editorial, 2006, pp. 45-46.

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