Diario de traducción

Cuaderno de campo

Una impronta intelectual (1)

Hay libros que nos han marcado intelectualmente porque han condicionado nuestra forma de entender el mundo y han sido los ladrillos sobre los que poco a poco se ha ido levantando todo el edificio que nos hace pensar. Y aunque tengan una relación muy indirecta con los temas sobre los que traducimos, a la fuerza habrán influido sobre nuestra forma de traducir.

Esos libros llegan a nuestras vidas la mayor parte de las veces de pura casualidad. Ya cuando los estamos leyendo somos conscientes de que nada volverá a ser lo mismo. Es importante reconocerlos porque es una forma de reconocernos a nosotros mismos.

Arnold Hauser Historia social de la literatura y el arte, Barcelona, Labor, 1969. Traducción de A. Tovar y F. P. Varas Reyes.

Este libro me llegó por caminos misteriosos cuando todavía estaba en el bachillerato y apenas se acababa de traducir al español.

Cualquiera pensaría que me lo recomendó un profesor, pero en realidad lo trajo a clase una compañera: se lo había prestado su tío, que era cura en Vallecas (esto empieza a parecerse a un tratado de antropología sociológica…).

En cuanto conseguí sacarle a mi madre las 450 pesetas (no fue tan difícil…) me fui galopando a la librería Los Cuatro Caminos, en la calle Reina Victoria (hace tantos años que cerró, bendita sea) y volví apretando entre los brazos los tres tomos.

Lo leí de un tirón y lo volví a empezar una y otra vez, hasta sabérmelo casi de memoria. Es el libro más subrayado que tengo. Desde entonces nunca más he podido mirar un cuadro o leer un libro sin pensar en el entramado que había detrás. Fue fundamental para sentar las bases de todos los cambios intelectuales que vendrían después. Todo lo que he aprendido a partir de ese momento en arte, historia o literatura iría encajando en aquellos esquemas sociales.

Y aquí va la frase que abre el primer tomo, como muestra. Es fácil entender cómo este aldabonazo puede marcar de forma indeleble a la persona que yo era entonces, que todavía no se había atrevido a poner en duda lo que decían los libros o contaban los profesores. Han pasado más de treinta y cinco años, hacía mucho que no lo leía, y seguramente ya no comparta de forma tan incondicional sus tesis, pero impresiona reconocer la certera línea recta que va desde aquellas frases hasta lo que soy ahora.

La leyenda de la Edad de Oro es muy antigua. No conocemos con exactitud la razón de tipo sociológico en que se apoya la veneración por el pasado; es posible que tenga sus raíces en la solidaridad familiar y tribal o en el afán de las clases privilegiadas de basar sus prerrogativas en la herencia. Como quiera que sea, la convicción de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos les resulta personalmente más sugestivo es también el más antiguo.

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