Diario de traducción

Cuaderno de campo

Archivar para el mes “noviembre, 2012”

Nos mudamos

 

Este blog se traslada a la dirección siguiente: http://cuadernodecampo.transdoc.es/

Es mi primera experiencia independiente con WordPress, así que espero que todo salga bien, no se me rebelen los widgets, no se pongan farrucos los plugins y la máquina no se gripe (porque no sé si sabría cómo arreglarla…).

A partir de ahora nos llamamos «Cuaderno de campo» y seguiremos contando esos detalles que hacen que traducir sea un trabajo tan maravilloso.

Para los rezagados, seguiremos duplicando en este blog las entradas durante un tiempo prudencial, pero en la casa nueva todo está reluciente y recién pintado (de naranja), con cada entrada, cada etiqueta y cada categoría en su sitio, esperando a los lectores nuevos y a los antiguos.

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La verdad y los libros

File:El Ateneo Bookstore.jpg

Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

–De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

Umberto Eco, El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Barcelona, Lumen, 1982, pp. 49-50.

(Imagen: Librería El Ateneo, Buenos Aires)

Pez Babel

– ¿Qué está haciendo ese pez en mi oído?
– Traduce para ti. Es un pez Babel. Míralo en el libro, si quieres.

[…]

– El pez Babel –dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico– es pequeño,
amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada de la   combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto, es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualquier lenguaje.
Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.

Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1991

Una impronta intelectual (1)

Hay libros que nos han marcado intelectualmente porque han condicionado nuestra forma de entender el mundo y han sido los ladrillos sobre los que poco a poco se ha ido levantando todo el edificio que nos hace pensar. Y aunque tengan una relación muy indirecta con los temas sobre los que traducimos, a la fuerza habrán influido sobre nuestra forma de traducir.

Esos libros llegan a nuestras vidas la mayor parte de las veces de pura casualidad. Ya cuando los estamos leyendo somos conscientes de que nada volverá a ser lo mismo. Es importante reconocerlos porque es una forma de reconocernos a nosotros mismos.

Arnold Hauser Historia social de la literatura y el arte, Barcelona, Labor, 1969. Traducción de A. Tovar y F. P. Varas Reyes.

Este libro me llegó por caminos misteriosos cuando todavía estaba en el bachillerato y apenas se acababa de traducir al español.

Cualquiera pensaría que me lo recomendó un profesor, pero en realidad lo trajo a clase una compañera: se lo había prestado su tío, que era cura en Vallecas (esto empieza a parecerse a un tratado de antropología sociológica…).

En cuanto conseguí sacarle a mi madre las 450 pesetas (no fue tan difícil…) me fui galopando a la librería Los Cuatro Caminos, en la calle Reina Victoria (hace tantos años que cerró, bendita sea) y volví apretando entre los brazos los tres tomos.

Lo leí de un tirón y lo volví a empezar una y otra vez, hasta sabérmelo casi de memoria. Es el libro más subrayado que tengo. Desde entonces nunca más he podido mirar un cuadro o leer un libro sin pensar en el entramado que había detrás. Fue fundamental para sentar las bases de todos los cambios intelectuales que vendrían después. Todo lo que he aprendido a partir de ese momento en arte, historia o literatura iría encajando en aquellos esquemas sociales.

Y aquí va la frase que abre el primer tomo, como muestra. Es fácil entender cómo este aldabonazo puede marcar de forma indeleble a la persona que yo era entonces, que todavía no se había atrevido a poner en duda lo que decían los libros o contaban los profesores. Han pasado más de treinta y cinco años, hacía mucho que no lo leía, y seguramente ya no comparta de forma tan incondicional sus tesis, pero impresiona reconocer la certera línea recta que va desde aquellas frases hasta lo que soy ahora.

La leyenda de la Edad de Oro es muy antigua. No conocemos con exactitud la razón de tipo sociológico en que se apoya la veneración por el pasado; es posible que tenga sus raíces en la solidaridad familiar y tribal o en el afán de las clases privilegiadas de basar sus prerrogativas en la herencia. Como quiera que sea, la convicción de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos les resulta personalmente más sugestivo es también el más antiguo.

Mi primer portátil

Hoy, @bernawang me ha recordado un Trujamán que escribí hace dos años, que se puede encontrar aquí y que, como es cortito, añado al final de esta entrada. Trataba de cómo el paso del tiempo había cambiado nuestra forma de trabajar y nuestra relación física con lo que traducíamos.

Al leerlo otra vez, da pavor ver lo que han cambiado las cosas desde 2010 (yo me quedé en el iPad, pero en aquel momento no pasaba de ser un juguete). Desde entonces, habría que añadir, al menos, los teléfonos móviles inteligentes (con centenares de apps totalmente mágicas), que han dado un vuelco a las relaciones entre nosotros, internet, la informática y las cosas. Por no hablar del acceso abierto a la literatura científica, del imparable proceso de digitalización y de los lectores de libros electrónicos, que han trastocado las relaciones entre analógico y digital.

El otro efecto que ha tenido la exhumación es lanzarme a buscar una foto de mi primer portátil, supongo que en un ataque de añoranza aguda.

Y aquí está el bicho: IBM Portable PC 5155. Mi segundo ordenador (el anterior era un AT) traía dos innovaciones fundamentales: el monitor naranja, en lugar del fósforo verde (una alegría para los ojos) y la segunda disquetera: en una estaba el programa y en otra, los documentos. Sin disco duro, por supuesto, no disfrutaría de un disco duro hasta mi tercer ordenador.

Y uno de los míticos teclados IBM. Nunca he vuelto a tener otro igual. Es la razón de que acumule en mi casa más de diez teclados que no me atrevo a tirar porque están sin usar, pero que arrumbo detrás de un armario porque no me devuelven aquel tacto.

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Pasa la vida

…la Lettera 22, las holandesas, el atril, el papel carbón, la IBM de bola, el típex, las fotocopias, el Commodore 64, la valiosísima colección de catálogos caducados, Amiga 500, las visitas a la farmacia para mirar el Vademécum, el María Moliner en dos tomos, los paseos en metro, 64 K de memoria RAM, la Casa del Libro, las pantallas de fósforo verde, el teclado mecánico, el Código Civil, el contestador automático, la impresora matricial, el floppy, la mesita de los diccionarios, el papel continuo, el atlas, el Amstrad PCW (y Locoscript), A:\>, los mensajeros, PC XT, las fichas en cajoncitos de madera de la Biblioteca Nacional, Word Perfect, los disquetes (12 disquetes para instalar Word), autoexec.bat, Apple II, command.com, las visitas al taller mecánico para saber cómo se llama una pieza, la guía de teléfonos, más diccionarios, MS DOS, las visitas a la ferretería para enseñarles la foto de un tornillo (a ver si hay suerte…), Amstrad PC 1512 (compatible IBM, 250.000 pesetas), el Libro de Estilo de El País, Courier 12, los macros, el virus de la pilota, Claris, más fotocopias (bastante descoloridas), C:\> (20 interminables Mb), el puerto paralelo y el puerto serie, la enciclopedia Larousse, Windows 3.1.1, el ratón (ese artefacto sin futuro…), aparcar las cabezas del disco duro, el módem (priiii, pruiit, gr, grrrrrr, pip, pip, pip), el Tetris, Compuserve, el SIMO, Mosaic, Gopher, el fax (y el papel térmico), el Duden, Telnet, la ruedecita del ratón, Netscape Navigator, Winfax, Infovía, el correo electrónico, ☺, el CD-ROM, Eurodicautom, el virus Melissa, la impresora láser, las temibles pantallas azules, el DUE en CD, el escáner, Traducción en España, Google, 404 not found, las memorias de traducción (la mochila de Trados), el efecto 2000, la banda ancha, el móvil, el SPAM, el reconocimiento de voz, la wifi, el portátil, Amazon, el DVD, Wikipedia, el USB, la traducción automática, 3G, Skype, la Blackberry, el Ipad, Worldcat, Twitter…

Y un texto. Un traductor. Una traducción.

Alicia Martorell

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