Diario de traducción

Cuaderno de campo

Archivar para el mes “agosto, 2012”

Después de la traducción

Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.

Con el paso del tiempo, en los relatos de Marco las palabras fueron sustituyendo los objetos y los gestos: primero exclamaciones, nombres aislados, verbos a secas, después giros de frase, discursos ramificados y frondosos, metáforas y tropos. El extranjero había aprendido a hablar la lengua del emperador, o el emperador a entender la lengua del extranjero.

Pero se hubiera dicho que la comunicación entre ellos era menos feliz que antes; es cierto que las palabras servían mejor que los objetos y los gestos para catalogar las cosas más importantes de cada provincia y ciudad: monumentos, mercados, trajes, fauna y flora; sin embargo, cuando Polo empezaba a decir cómo debía ser la vida en aquellos lugares, día por día, noche tras noche, le faltaban las palabras, y poco a poco volvía a recurrir a gestos, a muecas, a miradas.

Italo Calvino Las ciudades invisibles, traducción de Aurora Bernárdez, Barcelona, Minotauro, 1983, págs. 32 y 50.

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De mapas y traducciones

Es increíble cómo han cambiado las cosas para los traductores. Todavía recuerdo las mañanas de biblioteca consultando guías turísticas de ciudades remotas para tratar de comprender una lógica espacial. Ahora todo es mucho más sencillo.

Para traducir este libro, una novela policiaca que se desarrolla en la ciudad de Teherán, las distancias, los itinerarios, el espacio son fundamentales, tanto en la comprensión de lo que pasa como en la resolución del enigma.

Fue la primera vez que se me ocurrió recurrir a Google Maps para organizarme las ideas. El resultado fue este mapa, que seguro que también podrá ser útil a todos los lectores de la novela.

Desde entonces, recurro sistemáticamente a los mapas. El que estoy preparando imagepara De un país sin amor será con mucho el más complejo y el más interesante, pues el mapa es un personaje más de la novela y abarca toda Europa Central, con tentáculos que van hasta el mar de China, Sudáfrica o Israel.

Son herramientas muy sencillas, pero que facilitan mucho el trabajo y ayudan a comprender mejor (es decir, a traducir mejor).

Nota: igual que siempre me quejo de que las editoriales no pongan el nombre de los traductores en sus catálogos, tengo que decir que Alianza lo hace sistemáticamente.

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