Diario de traducción

Cuaderno de campo

Nos mudamos

 

Este blog se traslada a la dirección siguiente: http://cuadernodecampo.transdoc.es/

Es mi primera experiencia independiente con WordPress, así que espero que todo salga bien, no se me rebelen los widgets, no se pongan farrucos los plugins y la máquina no se gripe (porque no sé si sabría cómo arreglarla…).

A partir de ahora nos llamamos «Cuaderno de campo» y seguiremos contando esos detalles que hacen que traducir sea un trabajo tan maravilloso.

Para los rezagados, seguiremos duplicando en este blog las entradas durante un tiempo prudencial, pero en la casa nueva todo está reluciente y recién pintado (de naranja), con cada entrada, cada etiqueta y cada categoría en su sitio, esperando a los lectores nuevos y a los antiguos.

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La verdad y los libros

File:El Ateneo Bookstore.jpg

Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

–De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

Umberto Eco, El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Barcelona, Lumen, 1982, pp. 49-50.

(Imagen: Librería El Ateneo, Buenos Aires)

Pez Babel

– ¿Qué está haciendo ese pez en mi oído?
– Traduce para ti. Es un pez Babel. Míralo en el libro, si quieres.

[…]

– El pez Babel –dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico– es pequeño,
amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada de la   combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto, es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualquier lenguaje.
Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.

Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1991

Una impronta intelectual (1)

Hay libros que nos han marcado intelectualmente porque han condicionado nuestra forma de entender el mundo y han sido los ladrillos sobre los que poco a poco se ha ido levantando todo el edificio que nos hace pensar. Y aunque tengan una relación muy indirecta con los temas sobre los que traducimos, a la fuerza habrán influido sobre nuestra forma de traducir.

Esos libros llegan a nuestras vidas la mayor parte de las veces de pura casualidad. Ya cuando los estamos leyendo somos conscientes de que nada volverá a ser lo mismo. Es importante reconocerlos porque es una forma de reconocernos a nosotros mismos.

Arnold Hauser Historia social de la literatura y el arte, Barcelona, Labor, 1969. Traducción de A. Tovar y F. P. Varas Reyes.

Este libro me llegó por caminos misteriosos cuando todavía estaba en el bachillerato y apenas se acababa de traducir al español.

Cualquiera pensaría que me lo recomendó un profesor, pero en realidad lo trajo a clase una compañera: se lo había prestado su tío, que era cura en Vallecas (esto empieza a parecerse a un tratado de antropología sociológica…).

En cuanto conseguí sacarle a mi madre las 450 pesetas (no fue tan difícil…) me fui galopando a la librería Los Cuatro Caminos, en la calle Reina Victoria (hace tantos años que cerró, bendita sea) y volví apretando entre los brazos los tres tomos.

Lo leí de un tirón y lo volví a empezar una y otra vez, hasta sabérmelo casi de memoria. Es el libro más subrayado que tengo. Desde entonces nunca más he podido mirar un cuadro o leer un libro sin pensar en el entramado que había detrás. Fue fundamental para sentar las bases de todos los cambios intelectuales que vendrían después. Todo lo que he aprendido a partir de ese momento en arte, historia o literatura iría encajando en aquellos esquemas sociales.

Y aquí va la frase que abre el primer tomo, como muestra. Es fácil entender cómo este aldabonazo puede marcar de forma indeleble a la persona que yo era entonces, que todavía no se había atrevido a poner en duda lo que decían los libros o contaban los profesores. Han pasado más de treinta y cinco años, hacía mucho que no lo leía, y seguramente ya no comparta de forma tan incondicional sus tesis, pero impresiona reconocer la certera línea recta que va desde aquellas frases hasta lo que soy ahora.

La leyenda de la Edad de Oro es muy antigua. No conocemos con exactitud la razón de tipo sociológico en que se apoya la veneración por el pasado; es posible que tenga sus raíces en la solidaridad familiar y tribal o en el afán de las clases privilegiadas de basar sus prerrogativas en la herencia. Como quiera que sea, la convicción de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos les resulta personalmente más sugestivo es también el más antiguo.

Mi primer portátil

Hoy, @bernawang me ha recordado un Trujamán que escribí hace dos años, que se puede encontrar aquí y que, como es cortito, añado al final de esta entrada. Trataba de cómo el paso del tiempo había cambiado nuestra forma de trabajar y nuestra relación física con lo que traducíamos.

Al leerlo otra vez, da pavor ver lo que han cambiado las cosas desde 2010 (yo me quedé en el iPad, pero en aquel momento no pasaba de ser un juguete). Desde entonces, habría que añadir, al menos, los teléfonos móviles inteligentes (con centenares de apps totalmente mágicas), que han dado un vuelco a las relaciones entre nosotros, internet, la informática y las cosas. Por no hablar del acceso abierto a la literatura científica, del imparable proceso de digitalización y de los lectores de libros electrónicos, que han trastocado las relaciones entre analógico y digital.

El otro efecto que ha tenido la exhumación es lanzarme a buscar una foto de mi primer portátil, supongo que en un ataque de añoranza aguda.

Y aquí está el bicho: IBM Portable PC 5155. Mi segundo ordenador (el anterior era un AT) traía dos innovaciones fundamentales: el monitor naranja, en lugar del fósforo verde (una alegría para los ojos) y la segunda disquetera: en una estaba el programa y en otra, los documentos. Sin disco duro, por supuesto, no disfrutaría de un disco duro hasta mi tercer ordenador.

Y uno de los míticos teclados IBM. Nunca he vuelto a tener otro igual. Es la razón de que acumule en mi casa más de diez teclados que no me atrevo a tirar porque están sin usar, pero que arrumbo detrás de un armario porque no me devuelven aquel tacto.

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Pasa la vida

…la Lettera 22, las holandesas, el atril, el papel carbón, la IBM de bola, el típex, las fotocopias, el Commodore 64, la valiosísima colección de catálogos caducados, Amiga 500, las visitas a la farmacia para mirar el Vademécum, el María Moliner en dos tomos, los paseos en metro, 64 K de memoria RAM, la Casa del Libro, las pantallas de fósforo verde, el teclado mecánico, el Código Civil, el contestador automático, la impresora matricial, el floppy, la mesita de los diccionarios, el papel continuo, el atlas, el Amstrad PCW (y Locoscript), A:\>, los mensajeros, PC XT, las fichas en cajoncitos de madera de la Biblioteca Nacional, Word Perfect, los disquetes (12 disquetes para instalar Word), autoexec.bat, Apple II, command.com, las visitas al taller mecánico para saber cómo se llama una pieza, la guía de teléfonos, más diccionarios, MS DOS, las visitas a la ferretería para enseñarles la foto de un tornillo (a ver si hay suerte…), Amstrad PC 1512 (compatible IBM, 250.000 pesetas), el Libro de Estilo de El País, Courier 12, los macros, el virus de la pilota, Claris, más fotocopias (bastante descoloridas), C:\> (20 interminables Mb), el puerto paralelo y el puerto serie, la enciclopedia Larousse, Windows 3.1.1, el ratón (ese artefacto sin futuro…), aparcar las cabezas del disco duro, el módem (priiii, pruiit, gr, grrrrrr, pip, pip, pip), el Tetris, Compuserve, el SIMO, Mosaic, Gopher, el fax (y el papel térmico), el Duden, Telnet, la ruedecita del ratón, Netscape Navigator, Winfax, Infovía, el correo electrónico, ☺, el CD-ROM, Eurodicautom, el virus Melissa, la impresora láser, las temibles pantallas azules, el DUE en CD, el escáner, Traducción en España, Google, 404 not found, las memorias de traducción (la mochila de Trados), el efecto 2000, la banda ancha, el móvil, el SPAM, el reconocimiento de voz, la wifi, el portátil, Amazon, el DVD, Wikipedia, el USB, la traducción automática, 3G, Skype, la Blackberry, el Ipad, Worldcat, Twitter…

Y un texto. Un traductor. Una traducción.

Alicia Martorell

Los motores de búsqueda en Google Chrome

Esta entrada se publicó por primera vez en el blog «transdocblog», que cerrará una vez transferidas aquí las entradas de más interés, tras adaptarlas y actualizarlas.

En Google Chrome podemos prescindir fácilmente de almacenes de motores de búsqueda como Mycroft, porque es muy fácil crearlos sobre la marcha.

Este tipo de miniaplicaciones permite hacer búsquedas en una página determinada, utilizando Google. Es como usar la sintaxis «site», pero de forma más rápida y sencilla.

Lo primero que tenemos que hacer es dirigirnos a la página para la que queremos crear el motor. Esa página tiene que tener una caja de búsqueda, es decir, tiene que tener instalada la posibilidad de buscar en su interior. Podemos probar con la página de Dirae, que es una de las que nos será más útil:

A continuación hacemos una búsqueda cualquiera en la página. Podemos usar cualquier palabra, es solo para que Chrome detecte la sintaxis.

El paso siguiente es ir a la configuración de motores de búsqueda. La encontraremos haciendo clic derecho en la caja de búsqueda del navegador.

Veremos todos los motores que Chrome nos ha ido creando automáticamente y uno de ellos será el que vemos más abajo. Podemos borrar los que queramos, o bien editarlos.

Para cada motor, tenemos la información siguiente:

  • En la primera columna, tenemos el nombre del motor. Chrome lo pone automáticamente, pero lo podemos modificar. No es prioritario hacerlo.

  • En la segunda columna tenemos la palabra clave. No solo la podemos modificar, sino que es deseable que lo hagamos. Lo ideal es tener palabras clave cortas y fáciles de recordar. En este caso, vamos a dejar solo «dirae».

  • En la tercera columna tenemos la sintaxis de búsqueda, es decir, la forma en que Chrome va a buscar cuando recurramos a este motor. Manejando esta sintaxis, podremos crear motores nosotros mismos cuando Chrome no los cree automáticamente.

Ahora ya tenemos el motor con la palabra clave modificada.

ahora, ya vamos a buscar, es muy sencillo. Solo tenemos que escribir en la caja de búsqueda del navegador la palabra clave (dirae), un espacio y la palabra que queramos buscar. Más o menos así:

Se puede ver que la palabra clave ha cambiado al color azul después de teclear el espacio. Eso quiere decir que Chrome la ha reconocido.

Y ya solo queda darle a «intro».

También podemos crear motores nosotros mismos utilizando la opción «crear motor de búsqueda» que está al final de la lista en la configuración de motores de búsqueda. Darle el nombre es fácil, la palabra clave también, para la sintaxis solo tenemos que copiar el link de una búsqueda cualquiera que hayamos hecho en una página cualquiera y sustituir la palabra que estábamos buscando por la cadena «%s», tal y como se puede ver en la sintaxis del motor que acabamos de crear para el Dirae. Podemos usar esta opción cuando Chrome no es capaz de crear él mismo el motor.

Sintaxis para algunos motores (utilizando la opción «copiar vínculo» del navegador):

Obviamente, también podemos instalar los motores creados en Proyecto Mycroft.

Algunas referencias:

Antes de OneNote :-)

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Esta página corresponde al cuaderno de documentación de Historia de la violación, de Georges Vigarello, publicada por Cátedra en 1999. Lo estuve traduciendo a lo largo de 1998.

En el mismo cuaderno, había:

  • Unos apuntes sobre derecho del Antiguo Régimen en Francia, especialmente vocabulario sobre jueces, tribunales y auxiliares de la justicia (en francés). Sin fuente.
  • Una lista de 20 palabras (procedente quizá de una lluvia de ideas, de algún texto o de un diccionario de sinónimos) pertenecientes al campo semántico de la violación.
  • Unos apuntes sobre tipos de penas, tomados del código penal español, supongo.
  • Una lista de unas 100 palabras y expresiones extraídas de Adulterio, sexo y violencia en la Castilla Medieval, de Ricardo Córdoba de la Llave (Madrid: UNED, 1994).
  • Una lista en castellano de nombres de oficios (unos 40), sin fuente.
  • Una página de apuntes tomados de El proceso de Macanaz, de Carmen Martín Gaite (en general, vocabulario procesal).
  • Una lista de dos páginas de equivalencias francés-español.
  • Una bibliografía de tres páginas, en la que se incluyen todos los libros aquí citados. No me acuerdo de si los consulté todos, pero supongo que no.
  • Una lista de vocabulario procesal tomado de ley española de Enjuiciamiento Criminal (unos 80 términos).
  • Páginas sueltas (y bastante desordenadas) de apuntes sobre diversos temas y procedentes de diversas fuente en español o francés, como la página que se reproduce aquí.
  • Una página con bibliografía y notas de lectura sobre medicina forense.

En total, unas cincuenta páginas A5.

Una mañana en la Biblioteca Nacional

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Fue en 2000 y estaba traduciendo Por una historia cultural del arte moderno: de David a Cézanne, de Pierre Daix (curioso: tanto esfuerzo y resulta que en la ficha de Dialnet el libro se ha traducido solo…).

Me acuerdo perfectamente de que estaba buscando algunos de los textos que aparecen en los grabados de Goya, en su versión española original, y también algunas citas de cartas. Están hasta las signaturas. Los encontré todos gracias a la rigurosísima edición de Ángel Canellas de los documentos que Goya dejó a su muerte, cuya referencia manuscrita se puede ver en la imagen, que ahora mismo ya es posible  consultar moviendo solo un dedo aquí, gracias a la Institución Fernando el Católico de Zaragoza, que tiene un fondo riquísimo de publicaciones digitales relacionadas con temas aragoneses.

Así cambia el mundo…

Ahora, viendo las signaturas, empiezo a dudar de si estaba en la Biblioteca Nacional o en Medinaceli, en la antigua Biblioteca de Humanidades del CSIC, que ya no existe como tal.

La lengua de los derechos, algunas citas

En el corto y preciso texto de la Declaración [de derechos de 1789] aparecen ya las palabras clave del nuevo sistema político: «derechos», «derecho», «ley», «libertad», «poder », etc. Como se ha dicho certeramente, «al definir el súbdito como ciudadano y al declarar con ello una finalidad, la conquista de la libertad, los diputados instauran la expresividad revolucionaria de los derechos» (pág. 32).

Frente a ese estilo «legicida», que mataba el sentido de las leyes nuevas imbuidas de libertad, el propio Mirabeau invitaba a que estas leyes nuevas se redactasen de forma «inteligible, para poner de acuerdo a los ciudadanos ilustrados sobre sus derechos, vinculándolos a todo lo que puede recordarles las sensaciones que han servicio para hacer surgir la libertad». Es manifiesto, pues, que frente a la oscuridad y torpeza de las antiguas leyes opresoras, una nueva lengua de los derechos y de la libertad se presenta como una de las tareas revolucionarias más caracterizadas (pág. 35).

La lengua de los derechos debe explicarse, pues, no como una simple aparición de nuevos términos, en un plano estrictamente técnico de análisis léxico o sintáctico, sino como la expresión de un nuevo discurso jurídico que ofrece un nuevo modelo de relación entre los hombres. Las palabras deben insertarse en el sistema que intentan expresar, ese «aura de sistema» que es consustancial al Derecho como un todo, sin lo cual su simple comprensión sería imposible. (pág. 37)

Eduardo García de Enterría, La lengua de los derechos. La formación del Derecho Público europeo tras la Revolución Francesa, Madrid, 1994, Alianza Editorial.

La lengua de los derechos

Yo he tenido ideas nuevas:: ha habido necesidad por tanto de encontrar nuevas palabras o de dar a las antiguas nuevas significaciones.

Montesquieu, De l’esprit des Lois, «Avertissement de l’auteur», de la edición de 1757

LA LENGUA DE LOS DERECHOSLa lengua de los derechos, de Eduardo García de Enterría, está elaborada a partir del discurso de ingreso del autor en la Real Academia de la Lengua Española. Tiene como segundo título La formación del derecho público europeo tras la Revolución Francesa..

Analiza cómo un cambio de paradigma en las relaciones jurídicas entre los ciudadanos se acompañará inevitablemente con un cambio lingüístico, Veremos paso por paso cómo el huracán que se llevó por delante los sistemas políticos del Antiguo Régimen, tanto en Estados Unidos como en Francia, tuvo que suponer necesariamente una nueva forma de nombrar las cosas. Y cómo esta forma quedó fijada a través de los textos que marcarían las nuevas reglas del juego: las declaraciones de derechos y el nuevo código penal en el que se basan los actuales códigos penales español y francés, pasando así de lo descriptivo a lo preceptivo.

A pesar de que tiene un componente jurídico importante, es un libro que se lee muy fácilmente sin conocimientos previos.

Termina con un pequeño apéndice sobre «La lengua de los derechos en España», en la que rinde homenaje a los hombres que trajeron a casa la lengua de los derechos que, en su mayor parte, además de políticos, eran hombres de la palabra: Jovellanos, Lardizábal, Alcalá Galiano, Pacheco…

Es muy emocionante para un profesional del lenguaje ver cómo se plasma la relación entre lengua y realidad tangible cuando un grupo de gente que trabajaba en sentar las bases de una nueva sociedad de los derechos tuvo que empezar por las palabras con las que nombrarlos.

Y es que una revolución es también una revolución de las palabras.

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